HOMILÍA FESTIVIDAD SANTIAGO APÓSTOL

25 de julio, 2007

Rvmo P. Abad Dom Anselmo Álvarez Navarrete

La Iglesia de España celebra hoy la festividad del Apóstol Santiago, Patrón de nuestra Nación. Lo es porque a él le debemos el elemento cardinal en torno al cual se ha organizado y cohesionado esa realidad que hemos llamado España, y que no es otro que el Evangelio y la fe de Cristo, traídos por él en los albores de la Iglesia. Este es el primer dato de la memoria histórica sobre nosotros. Nacimos a la fe y a la cristiandad antes de que se empezaran a formar los pueblos y reinos hispánicos y antes de llegar a constituir entre ellos una nación, alzada sobre el suelo de una geografía homogénea y sobre la raíz común de la fe cristiana.

Más tarde, el mismo apóstol Santiago vino muchas veces en defensa de esos pueblos españoles y cristianos, amenazados por los pueblos de la Media Luna. España, agradecida, le entregó su protección y su Patronato, para el pasado y para el futuro. Muchos lo seguimos y seguiremos recordando; otros lo han olvidado porque consideran que los hijos del desierto ya son hermanos y no enemigos, probablemente porque nosotros ya no somos cristiandad.

Lo cierto es que desde la primera hora del cristianismo España recibió a través de Santiago el mensaje de Cristo y se incorporó progresivamente a él. ¿Es necesario borrar de nuestra memoria esta realidad y arrancar de nuestro suelo esa raíz? Santiago es el símbolo que unifica las dos dimensiones de nuestro ser: la unidad en la diversidad nacional, y la comunidad religiosa, espiritual y moral de nuestra sociedad. Esta es nuestra identidad y nuestro patrimonio esenciales. Algo, sin embargo, que en los últimos años parecemos empeñados en desmontar piedra a piedra, como si esta destrucción fuera la condición para poner en pie una entidad nueva que difícilmente podría reconocerse como nacional, española y cristiana.

De hecho, alguien no perdona que España haya resistido, fiel a sí misma, hasta tiempos recientes; que haya mantenido la fidelidad a Cristo y a la fe católica mientras casi todos los pueblos de Europa eran empujados a la apostasía. Por eso, su fe y su unidad histórica –lo sustancial de España- deben ser borrados . Es necesario que el sentimiento religioso de los españoles no pueda volver a levantarse como un muro frente a las ideologías y los poderes anticristianos. Esta nación debe perecer por haber asumido la causa cristiana en una Europa que ha venido cortando todos los puentes con ella.

España era una denuncia de la deserción cristiana de Europa. Había desafiado demasiado tiempo y demasiado firmemente, el proyecto europeo que la modernidad había propuesto en sustitución del cristianismo. Por eso, no es ninguna casualidad que contra ella se esté llevando a cabo, desde todos los frentes, una acción destinada a resquebrajar los soportes históricos y espirituales que la habían mantenido en pie. Evidentemente, esta devastación ha sido promovida con toda deliberación a fin de que dejáramos de ser un obstáculo en el camino hacia la abdicación cristiana programada de los pueblos de Europa. El resultado es que unos pocos años han bastado para hacer de España la antítesis de sí misma, algo en lo que, finalmente, casi todos nosotros hemos colaborado por acción o por omisión.

Pero Santiago hará que la historia cristiana de España conozca un nuevo renacer, y que la presencia de Cristo y de María, de la que él recibió en Zaragoza el aliento para continuar su misión, vuelvan a estar entre nosotros y a recibir el amor y la obediencia que les hemos ofrecido colectivamente durante tantos siglos. Nuestra súplica debe subir hoy, y siempre, hacia él, que es nuestro primer padre en la fe, en petición de que “bajo su patrocinio España se mantenga siempre fiel a Cristo” (Oración colecta), o como nos decía el Papa Juan Pablo II en su viaje a España en el 2003, para que “permanezcamos fieles a nuestra herencia cristiana”.

Porque la fe, añadía en aquella ocasión, “no está reñida con la libertad y con el progreso auténticamente humanos”. Más bien es la garantía de que ambos sirvan adecuadamente a la justicia y al bien supremo del hombre y de la sociedad. La fe y la ley divinas son “fuerza de Dios y sabiduría de Dios”, tanto para la salvación sobrenatural como para el recto gobierno de la sociedad humana.

Ellas contienen el principio de que los actos y las leyes del hombre, para que sean verdaderamente humanas han de estar sometidos en primer lugar a la razón, al derecho natural y al bien común, y siempre que sea el caso, a la ley positiva de Dios. En esa sabiduría está la luz y la palabra más seguras que hemos conocido para entender y organizar sabiamente nuestra vida. En todo caso, nosotros los cristianos sabemos que ‘uno sólo es nuestro Maestro' y que “hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Con el otro apóstol S.Pablo , muy probable viajero también de los caminos de España, y que nos acompaña con Santiago en el mosaico de la cúpula, pedimos que se cumplan en nosotros sus palabras: “Dios os conceda que Cristo habite por la fe en vuestros corazones…, para que lleguéis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Cristo” ( Ef 3, 16)

 

 

Página principal